A principios de la última década del siglo pasado Julia Roberts protagonizó una película con el título de esta nota que quintuplicó en recaudación su presupuesto. Su personaje es una joven esposa que parece vivir una vida perfecta con su marido, un asesor financiero. La pareja reside en una preciosa casa frente a la playa. Lo cierto es que él la controla hasta el mínimo detalle e, incluso, la golpea. Ella planifica fingir que se ahoga para huir de su maltratador. Pero antes necesita tiempo. Laura, que así se llama Roberts en la cinta, vaya casualidad, le tiene miedo al mar y tiene que aprender a nadar en aguas turbulentas. Los venezolanos asistimos en las últimas semanas a un matrimonio de conveniencia política en el que uno y otra se tratan de manera exquisita. “Fantástica”, dice él; ella, mientras firma leyes y recibe emisarios, le agradece la cooperación y hace votos por una unión a largo plazo. Nunca, que se recuerda, ha habido una pareja tan dispareja. Él es un hombre de negocios que mide todo por la rentabilidad. Ella una revolucionaria de rodilla en el piso que decía hasta ayer aborrecer el capitalismo y confiaba en el plan de los nueve motores sin gasolina y en el florecimiento de las comunas. ¿Qué pasará, en verdad, puertas adentro en el palacio en el que ella habita gracias al 3 de enero?

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