En 1989, Phillip Patrick Witcomb se encontraba viviendo en Mallorca, España, con su esposa y sus hijos. Tenía 24 años y estaba dedicado al arte, específicamente a la pintura hiperrealista. Por ese tiempo, además, diseñaba un campo de golf junto con un amigo, tenía a todas luces una vida normal, pero recibiría una llamada que cambiaría todo para siempre. La voz al otro lado del teléfono era la de su padre, Patrick Witcomb, un exagente del servicio secreto británico, algo que hasta entonces Phillip desconocía. La llamada tenía un único motivo: que Phillip volara de Mallorca a Madrid, donde se encontraba su padre, pues tenía algo urgente que contarle.
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